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sábado, 31 de agosto de 2013

Los diez mandamientos

      He amado a mi manera, locamente, rozando la obsesión. Poniendo mi mundo al revés, minimizándome, arrodillando mi alma, humillando mi espíritu, entregando todo mi ser. He dejado mi corazón en la palma de mi mano, esperando que alguien lo tomara, que alguien lo quisiera, me quisiera. Pero el tiempo se agotó y el reloj se hizo pedazos, las campanas sonaron y los vientos más turbulentos vinieron a mi encuentro, y arrastraron consigo feroces tormentas de arena desde los desiertos más infernales, destruyendo mi burbuja, arrancando mi corazón de mis manos, llevándoselo lejos, muy lejos. Dejándome inválido, emocionalmente discapacitado. Vaya suerte la mía, que mi llave fue a parar a las manos del mismísimo diablo. He amado más que a la vida misma, y por sobre todas las cosas. He amado a una mujer más que a Dios, porque a Dios nunca lo he amado, porque la mujer es mi Dios mejor. He amado.
      He peleado con Dios y todos sus secuaces, he escupido hacia arriba, he escrito insultos en el cielo. He jurado por Dios que Dios no existe. Le he dedicado canciones, he protestado en su contra. He ido a buscarlo unas cuantas veces. Me he arrodillado en varias iglesias, buscándolo, esperando a que dé la cara, creyendo en la vaga idea de que algún lejano día me hiciera creer por fin que puedo creer en él. He creído que creía en él. He creído creer en mí. He formulado preguntas y he desarrollado hipótesis que juro por Dios que no sirven para nada. Me he auto proclamado como único Dios y rey de mi vida, de mi historia, de mi mundo, mi realidad y mi fantasía. Me he endiosado a mí mismo y también he endiosado a muchas mujeres que tenían más de demonios que de diosas. He utilizado el nombre de Dios en vano, porque en vino está su sangre y en bonos está el diezmo, y el sueldo del obispado.
      He pasado navidades sucio y desprolijo, demasiado tranquilo, como si fuera un día más. En mi niñez me preocupaba por qué bendito regalo podía recibir si ese maldito gordo de barba blanca se acordaba de mí al menos una puta vez. En mi adolescencia me preocupaba por cuánto alcohol y cuánta marihuana podía llegar a consumir si mis padres se olvidaban otro rato de mí. En algunas fiestas me dormí antes de que dieran las doce, en otras ya estaba borracho desde antes de las siete de la tarde. En algunas he tenido discusiones con mi padre totalmente innecesarias, como debatir si el Síndrome de Down es un castigo de Dios o una bendición o si se van a enviar colonias humanas a Marte como experimento porque en este planeta se están agotando los recursos y bla bla bla. He pasado navidades disfrutando únicamente de los fuegos artificiales como anfitriones de la fecha, con el alcohol y las drogas como invitados especiales. He santificado las fiestas y el día del Señor, pero lo he hecho de otra manera (que no es la mía, pero tampoco es la correcta y con eso me basta).
      He tomado caminos diferentes a los que mis padres tomaron, he roto sus expectativas, no fui lo que ellos fueron ni lo que querían que fuera. He desarrollado mi propia manera de pensar, de ser, de actuar y de pararme frente a la vida. He torcido mis pasos, me he desviado. Me he caído miles de veces, y también me he arrojado adrede. He heredado el victimismo de mi madre y el alcoholismo de mi padre. Pero yo no voy a adoptarlos como ellos lo hicieron, voy a luchar contra esas cadenas, y voy a vencer, lo juro por Dios (y esta vez no es en vano). No he honrado a mis padres. Los he traicionado porque he roto los diez mandamientos.
      He matado mis sueños y mis esperanzas, las he embalsamado y las he arrojado al basural más tóxico que existe en mí. He matado mucho de mi tiempo, he desperdiciado gran parte de mi vida, de la corta vida que llevo. He matado mis penas, las he incendiado y las he arrojado en un mar de alcohol, las he ahogado en vasos de vino, en la sangre del señor. Me he suicidado muchas noches, usando a la tristeza de gatillo, he volado mi cerebro y he destrozado mi pecho, lo he partido en dos con pólvora de mis pensamientos. He matado mis ganas de vivir, de amar, de compartir y de ser. He matado al mismo amor y he matado mucho más, soy un asesino sentimental en serie.
      He tenido sexo con mujeres que no recuerdo cómo se llaman y que jamás volveré a ver, y me he masturbado pensando en mujeres prohibidas. He robado besos y algún que otro corazón, he robado sonrisas, he robado tiempo. He mentido para salvar mi pellejo más de una vez, y otras tantas he mentido sin sentido, porque tuve el vicio de mentir, pero por suerte lo estoy dejando. He sido víctima y victimario de los pensamientos más impuros, calientes y pegajosos que puedan llegar a existir. He deseado mujeres ajenas y he envidiado bienes materiales de otros. He roto los diez mandamientos, y he sido feliz.

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